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Club de la Unión, Patrimonio Social de Guayaquil por siglo y medio de historia ejemplar.
HISTORIA DEL CLUB DE LA UNIÓN
(Fragmentos de la obra del consocio José Antonio Gómez Iturralde)
Junto al Benemérito Cuerpo de Bomberos de Guayaquil y la Sociedad Filantrópica del Guayas, el Club de la Unión es la tercera institución en antigüedad que se mantiene al servicio de la sociedad guayaquileña. Al igual que las otras mencionadas, es parte de la vida misma de la urbe.
El Club de la Unión, ente emblemático que congrega a la élite profesional y empresarial porteña, sin embargo, nunca ha estado alejado de los menos favorecidos. Dentro de sus muros se alentó la conservación y desarrollo de nuestras instituciones beneméritas, hitos de civismo, como la Sociedad Filantrópica del Guayas, la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso, la Junta de Beneficencia, el Benemérito Cuerpo de Bomberos, entre otras igualmente significativas; todas ellas admirables entre los servicios comunitarios que han existido y aún existen en Hispanoamérica, pues se sustentan en un voluntariado muy poco común entregado al auxilio de los desposeídos y de los sectores sociales medios.
Históricamente es un centro de discusión para el desarrollo de Guayaquil y la forja de generaciones que continúan dejando profunda huella en la vida ciudadana. Factor también de su crecimiento físico, su planificación y ornato, de las transformaciones políticas y financieras, de los aportes a la educación y la cultura, del desarrollo agrícola, la industria y la banca moderna. En fin, termómetro y dínamo de la vida y progreso de la ciudad y de la nación. Muy pocas instituciones han podido reunir entre sus miembros a tantas importantes e influyentes personalidades: presidentes de la República y ministros de Estado; presidentes y concejales del Cantón, gobernadores, jefes de bomberos, banqueros, economistas y empresarios; ingenieros, arquitectos, técnicos, médicos y juristas; académicos, educadores, hombres de letras, periodistas, etc., una generación tras otra marcando el pulso de la Ciudad y del País.
Tomando notas del magnífico esfuerzo por esclarecer la historia institucional, realizado por Genaro Cucalón Jiménez, transcribimos que "este club nació realmente de unas reuniones íntimas que realizaban en el almacén de Don Tomás Gagliardo los elementos más distinguidos de Guayaquil, y que terminó llamándose el club de la O".
Sin embargo de este valioso aporte y punto de vista, debemos agregar que tenemos consistentes motivos para pensar que antes de 1869 existían en la ciudad el Club del Guayas, el Club Colombiano, ambos muy antiguos, a los que se suma uno de reciente data, el Club de Críquet en 1874, además de otros de menor cuantía. En las listas de socios de estos clubes de guayaquileños, hallamos a las siguientes personas: Francisco Aguirre Ferrusola, Carlos A. Aguirre, Francisco X. Aguirre Jado, César Borja Lavayen, Emilio Cucalón Pareja, Francisco J. Coronel Mateus, José Maria Plácido Caamaño, Rafael Caamaño, Luis F. Carbo, Francisco Febres Cordero, Manuel Ignacio Gómez Tama, Pedro Pablo Gómez Tama, Juan Illingworth, Carlos Illingworth, Modesto Jaramillo, José De La Pierre, Vicente Luque Plata, Homero Morla, Eduardo Mateus, Manuel de Jesús Noboa, Jorge Noboa, Eduardo Ponte, Miguel E. Seminario, José María Urbina Jado y Manuel Orrantia Benites, quienes mayoritariamente son los mismos considerados como fundadores del Club de la Unión.
Una vez asesinado García Moreno el 6 de agosto de 1875 y superada la necesaria cautela para sus conciliábulos, se produjo la "unión" de estas organizaciones semiclandestinas o de facto, creadas en 1869 o antes y se cobijaron todas en un solo centro social reconocido oficialmente con el nombre de Club de la Unión.
Por información publicada por uno de los diarios de la ciudad, se sabe que en ese año el domicilio del Club continuaba siendo el primer piso alto del N° 24 de la calle del Correo: "la Oficina Central de Teléfonos se abriría dentro de poco en la primera cuadra de dicha calle, junto al Club de la Unión". Guillermo Wright Ycaza, en su discurso de agradecimiento por el homenaje que le hiciera el Club por haber alcanzado los 50 años como socio, dice que "estaba situado en la esquina de las calles llamadas Pichincha y Aguirre, casa de la familia Vallejo, donde estuvo desde su fundación".
Estos datos nos revelan que la institución permaneció en el lugar de su nacimiento oficial por lo menos quince años
De izquierda a derecha: Carlos Julio Arosemena Tola, Juan de Dios Martínez Mera, Alfredo Baquerizo Moreno, Carlos Alberto Arroyo del Río (Expresidentes de la república, Socios del Club) Recepcion por los 100 años del Club
De izquierda a derecha: Federico Itriago Arrata, Presidente del Club. Los Expresidentes de la República, Otto Arosemena Gómez, Carlos Alberto Arroyo del Río y Clemente Yerovi Indaburu. Adolfo Gómez y Santistevan, director del Club, y Juan Alfredo Illinworh Baquerizo, Presidente del Congreso Nacional.

No podemos pensar en el Guayaquil de entonces sin imaginar el escenario colorido y aparentemente caótico que resume su diario trajín. Ambiente bullicioso de pregones, mercantilista y buscador, que en todo tipo de embarcaciones, desde el mar a la montaña, mueve un torrente de comercio que va y viene por la red fluvial del gran Guayas.

Seguramente por falta de espacio en el local de la calle del Correo, donde naciera el Club, o a lo mejor porque sus condiciones ya no eran satisfactorias, a principios de 1885 se mudó al primer alto de la casa de tres plantas de propiedad de la familia Acevedo, situada en el N° 4 de la esquina norte de la avenida Nueve de Octubre y Malecón, la cual quedó reducida a cenizas en el incendio de 1896.

Al respecto el diario La Nación, en octubre de 1885 cuando reseña la fiesta del 9 de Octubre de ese año, no deja dudas ni de la ubicación ni de la reciente inauguración del nuevo domicilio del Club: "Espléndido ha sido el estreno del nuevo local a donde se ha trasladado el ilustre centro de la distinguida juventud guayaquileña, denominado el Club de la Unión, y no podía haberse fijado fecha más gloriosa para llenar de entusiasmo a la selecta sociedad que concurrió. Desde la fachada estaba iluminado el local con una hilera de luces que daba la vuelta alrededor de los balcones de la calle del Nueve de Octubre hasta el malecón y por las anchas puertas abiertas de par en par, salía a torrentes la luz del gas que alumbraba los salones. Después de subir la cómoda y alfombrada escalera, se encontraba en el vestíbulo la orquesta del teatro y el rico piano de cola, que alternativamente tocaban las piezas del baile, llenando de alegría a las hermosas bailarinas".

El directorio elegido en diciembre de 1889 para regentar al Club en 1890, cuya nómina parcial aparece en el periódico Los Andes, estuvo compuesto por Agustín L. Yerovi, presidente; Martín Avilés, vicepresidente. Vocales; César Borja Lavayen y Darío Betancourt.

A este directorio, a principios de 1890, le cupo hacer el traslado del Club desde el local que había ocupado en 9 de Octubre y Malecón desde 1885, a su tercera casa, ubicada en el tercer piso del edificio recién construido en el solar que quedó del gran incendio del almacén La Torre Eiffel, sito en General Elizalde y Malecón.

En este lugar se hallaba la sede del Club cuando se produjo la transformación política de 1895 y se desató el incendio del 5 de octubre de 1896, con la consecuente pérdida de toda la documentación correspondiente a sus primeros 27 años de vida.

Sin duda alguna que a finales del siglo XIX, el Club de la Unión, tal como es ahora, y que desde su fundación no ha dejado de serlo, era el primer centro de intensa vida social en la ciudad. Al respecto hay una pequeña crónica de la época, que dice: "El Club de la Unión abre con frecuencia sus salones, cuantos hay de más selectos en la ciudad, ofreciendo hermosas veladas, a cuya brillantez contribuye grandemente la deslumbrante belleza de las damas que a ellas concurren, y la correcta ejecución de las orquestas que amenizan las fiestas, haciendo oír las arrebatadoras notas de una música deliciosa".

En relación con el denominado “incendio grande”, José Antonio Gómez Iturralde continúa con su reseña:

Luego de varios días consiguieron una muy pequeña de un solo piso alto, que no era precisamente alto sino extremadamente bajo, situada en la calle Pichincha entre Colón y el callejón Gutierrez. Por la apariencia descrita de esta edificación, parecía ser la que Roura Oxandaberro perenniza en su cuadro “El portal de los Morán”. En este lugar, que en definitiva fue su cuarto domicilio instalaron unas pocas mesas, sillas y un bar con los que llenaban el pequeño espacio al que concurrían las tardes y noches para plantear y discutir sobre la situación reinante. Según la tradición conocemos que gracias al caballero inglés y muy apreciado socio J.A. Wheller, que fuera miembro del directorio antes y después del incendio, que obtuvieron un juego de muebles vieneses tejidos en mimbre, un piano vertical, una mesa grande para revistas y periódicos y la imprescindible mesa de billar.

A poco de incendiado el año 1898 como quinto domicilio, alquilaron un piso que se h abía desocupado en ubna casa ubicada en la acera norte de la calle Sucre entre Pedro Carbo y Chile. En este lugar se instalaron con relativa comididad. Era una casa de tamaño medio y en buen estado, por lo cual no demandó de mucho esfuerzo arreglarla y acondiconarla a sus necesidades. El 9 de junio de ese año, en sesión presidida por Agustín L. Yerovi, en ausencia del presidente y vicepresidente, se decidió que la inauguración del local se realizaría el 30 de ese mes.

En la sesión del 23 de septiembre de 1899 se resolvió trasladar al Club al nuevo local, intersección Malecón e Illingworth el día tres de octubre. Se comisionó al señor Vallarino para que tome las suscripciones de p reiódicos extranjeros. Tres años habían transcurrido del incendio, durante los cuales el Club había ocupado limitados espacios. Finalmente, luego de ese lapso se trasladó al domicilio en el que permanecería por aproximadamente 43 años.

La celebración del 9 de Octubre de 1899 fue el gran pretexto para inaugurar el nuevo establecimiento; el directorio y la comisión organizadora dispusieron el arreglo de los salones con todo esmero, la iluminación de los ambientes “a giorno” y todo preparado para dar un gran golpe de vista.

En febrero de 1907, la revista National Geographic, publicó un artículo del honorable Joseph Lee, Ministro de los Estados Unidos en el Ecuador, en el que dice: “Los hospitales de Guayaquil son tan completos como cualquier hospital en Sud América. El nuevo Hospital General, con sus modernas instalaciones y equipos, se compara muy favorablemente con el hospital de Ancón en Panamá. También su Catedral, las iglesias y los grandes edificios municipales y teatros son hechos de madera. Tienen una apariencia imponente y un perfecto decorado. El Club de la Unión de Guayaquil, a excepción del Club de Hong Kong, es el mejor que nunca he visto antes en los trópicos. Bajo la luz de la luna, estos edificios parecen haber sido construidos en raros mármoles. “Este comentario se refiere a la época en que el Club se hallaba en la hermosa casa situada en la esquina sur de la calle Illingworth y Malecón.

Por tal época fue publicado un comentario sobre la presencia del Club en la sociedad guayaquileña: “Donde el hombre trabaja intensamente, la vida de sociedad, en el sentido mundano de la palabra, tiene que ser, por fuerza, bastante reducida; pero esto no impide para que dé tiempo en tiempo, la aristocracia guayaquileña despierte jubilosa a los rumores de una fiesta social. Los celebrados y fastuosos bailes del Club de la Unión que preside el señor Francisco Elizalde y cuyo bibliotecario, es Fernando Gómez Gault, Cónsul de Francia en Guayaquil, ofrecen a las damitas de esta ciudad la ocasión de lucir sus galas, su gracejo en el habla, su dulzura sonriente, su elegancia en el vestir, su destreza en el baile, y su trato exquisito. Son contadas las mujeres que en el Ecuador no dediquen al arte o a la lectura el tiempo que les dejan libres los deberes del hogar y que no figuren en sociedades de beneficencia”.

El 9 de enero de 1944 la Junta General ordinaria designó miembros del directorio a Guillermo H. Wright, presidente. Vocales: Harry Shephard, Gabriel Murillo A., Juan X. Aguirre Oramas, Rodrigo Ycaza Cornejo, José Carbo Puig, Miguel A. Ycaza, Jorge García Villalta y Alfredo Ycaza C. El presidente hizo referencia a los resultados de su administración de 1943.

Guillermo Wright concluyó su informe diciendo: “El Club de la Unión posee en la actualidad un edificio propio cuyo valor efectivo, si se toma en cuenta el precio de los materiales de construcción, ahora sube a más de s/.1’500.000,00 y su mobiliario y biblioteca aumentados grandemente este año, pasan del avalúo pedido para el inventario del año mil novecientos cuarenta y tres.

Este espacio transcurrido fue muy rico en transformaciones nacionales, regionales y de Guayaquil. Cambios notables en el acontecer económico y político, estrechamente vinculados con muchos miembros del Club de la Unión, de los cuales la institución no solo no pudo sustraerse sino que debido a estos se vio profundamente influenciada. En su decurso se vivió más de una crisis de la agro exportación, especialmente de la bananera, pero también es cierto que solo en la ciudad de Guayaquil se hizo perceptible una recuperación cívica y civilista ante las dos dictaduras militares: la del sesenta y la del setenta.

Durante la dictadura de los sesenta, fue la actitud de una elite empresarial mayoritariamente relacionada con el Club, que sin duda alguna en reuniones, tertulias, cafés u otros eventos, planificó y cruzó ideas para oponerse a su voracidad centralista, despótica y autoritaria, es en este período que se sitúa el momento más alto del combate contra los aranceles proteccionistas que bloqueaban e impedían el desarrollo comercial de Guayaquil.

En los setenta ocurrió algo similar, es en Guayaquil donde surgen posiciones y protestas cívicas y sociales en contra de la dictadura militar.

Fueron circunstancias vividas por una sociedad que evidencian un triángulo virtuoso formado por el desarrollo social y cívico de Guayaquil, la defensa de su economía y el ascenso institucional del Club de la Unión. Figura que podemos considerar como el punto de transformación más importante sobre el cual se fundamentan posteriores grados de desarrollo institucional, claramente producidos entre 1963 y 1982 y entre 1983 y 2003, que podríamos llamar, respectivamente, momento del desarrollo y momento de la transformación del Club.

Cuarenta años abarca el proceso histórico de nuestro querido Club que tratamos ahora. Años de democratización y transformaciones físicas que corresponden a una nueva visión de la ciudad, del espacio urbano y de la organización de sus élites. De tan importante como significativo decurso, algo más de la mitad corresponde a la gestión y liderazgo de Nicolás Febres-Cordero Ribadeneyra y a los directores que lo acompañaron en diferentes oportunidades. Su elección como presidente por veinte veces consecutivas habla por sí sola, y convierte en acto ocioso cualquier intento de relevar sobre el esfuerzo hecho ni los años de dedicación invertidos. Basta remitir la confianza reiterada en su favor a lo largo del tiempo por los socios, para obtener una contundente y clara calificación sobre su trayectoria.

Veinte años han transcurrido desde el 9 de enero de 1983, en que bajo la presidencia de Raúl Gómez Lince, se reunió la Junta General ordinaria y con una excepcional asistencia de 221 socios designó presidente a Nicolás Febres-Cordero Ribadeneyra (+), reelegido sin interrupción hasta el 2005.

Desde esa primera vez ha regido los destinos del Club, acompañado en diferentes oportunidades por un numeroso grupo que prestó sus servicios desde el directorio, entre ellos: José Plaza Luque, Lautaro Aspiazu Wright, Alfonso Trujillo Bustamante, Antonio Parra Gil, Miguel Cucalón Ycaza, Peter Graf Rosas, Mario Baquerizo Páez, Isidro Ycaza Aguirre, Jorge Jijón Orcés, José Carrión Puertas, Gustavo Heinert Insua, Eduardo Carrión Portaluppi, Xavier Coronel Robles, Roberto Arosemena Benites, Mario Vernaza Requena, Manuel Carrera del Río, Luis Eduardo Gómez Bejarano, Juan J. Medina Illingworth, Gustavo Ortega Trujillo, Ricardo Ponce Noboa, Ignacio Vidal Maspons, Juan Doménech González-Rubio, Miguel Peña Valle, Marcos Espinel Martínez, Roberto Illingworth Baquerizo, Jorge Pino Vernaza, Jorge Murillo Pólit y Pedro Pablo Gómez Santos. Asesores Jurídicos: Heinz Möeller Freile y Raúl Gómez Ordeñana

 
SOCIOS CLUB DE LA UNIÓN, QUE HAN SIDO PRESIDENTES DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR.
 

"Fundado en los tiempos del candil y de la diligencia...
Se conmovió al culminarse la obra extraordinaria del ferrocarril...
Presenció y experimentó la instalación del teléfono".

Otto Arosemena Gómez (expresidente de la República, socio del Club).

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